Vista desde la ventana del hotel de Yongping

Cometí el error de no preguntar la hora del desayuno y asumí que estaría a las 7, así que a esa hora estábamos esperando... y era a las 7:30... y se retrasó. Aprendí.
Mientras esperaba, siendo todavía de noche, vi a niños pasar hacia el colegio por lo que supuse que empezaban a las 7:30. Al mismo tiempo, todavía no había llegado nadie a recepción y al bajar nosotros fue el portero de noche, al que despertamos de su sueño en el sofá, el que nos “recibió”. Me planteé que era una cierta incongruencia que se despierten los niños antes que parte del mundo adulto.
Sentí que la paliza de ayer dejó pequeños dolores en la muñeca y otros, pero ninguno me parecían graves. Porque me sentí bien, me alimenté bien, hice deporte. Xiaozhang, el porteador, es majo y parecía estar contento. Me dije que sería estupendo si al final de la jornada seguía bien porque la paliza de verdad llegaba hoy con 1400 m de subida en 105 km de ruta hasta Baoshan, repartidos en 2 largas subidas y una bajada de 1100 m.
Hubo caos en el desayuno. De entrada no había buffet y cuando abrieron había que pedir algo. Se metió Xiaozhang hasta la cocina y me metió también después, y negoció el desayuno con los encargados. Lo que vino fue una sopa picantita pero que agradecí. El restaurante, abierto también a la calle, en seguida se llenó de tertulianos tomando sopa y charlando animadamente, parecían funcionarios de unas oficinas cercanas. Acabé saliendo a las 8:30 en lugar de las 7:30 deseadas.
Había niebla, mucha niebla. Nos costó un poco encontrar la salida hacia el sur de la G320 y Xiaozhang pretendía retroceder una parte de lo andado ayer, le dije que nones, que tenía que haber otra salida y que preguntara. Lo hizo y efectivamente, atravesamos una gran avenida de tres carriles completamente urbanizada a cuyos lados solo había campos de cultivos, se supone que la ciudad se extenderá por ahí. Habíamos bajado un poco de desnivel, unos 80 m hasta 1585 m, cuando llegó la carretera y enseguida comenzó la menor de las dos grandes subidas relatadas por Bill Weir y Pete Jones y que llegó a 2085 m. 




Las vistas de la cercana autopista mostraban los enormes desmontes de tierra que habían tenido que hacer y las estructuras construidas para sujetar la montaña. Ciertamente impresionaban pero días después, cuando recorrí esa autopista en coche ya de vuelta a Xiaguan, vi que había bastantes desprendimientos con lo que dudé de su eficacia.
No había apenas tráfico -aunque el que había contaminaba mucho-, menos todavía después, y la niebla jugó con la carretera durante bastantes kilómetros, despejándose pero amenazando con volver a cubrirme. En un momento una preciosa vista del valle me impresionó ver foto. En otro momento una madre y su niño esperaban el bus y me dejaron tomarles una foto. Y otra escena que me sorprendió -pero que no pude sacarle la foto que hubiera querido- es el único vehículo al que adelanté esa subida, un carro tirado por dos burros y con otro detrás. Al adelantarles les saludé y me saludaron, supongo que pensarían que qué gente más rara hay por el mundo.



Las pensiones de camioneros eran abundantes y me llamó la atención uno en particular por tener en el centro una tienda con tres camastros donde cuatro camioneros estaban desayunando.
Cuando llegué al collado la vista del otro valle me impresionó: ver las nubes jugando entre las laderas, con un sol brillante a tu lado, es algo que siempre impresiona (creo), nos (al menos a mi) hace sentir pequeño allí, tan alto... Las terrazas, las aldeas, los árboles que se echan sobre la estrecha carretera contribuyen, ya en bajada, a dar ese aspecto encantado que hoy, afortunadamente, casi ningún coche/camión espantó con su ruido y contaminación.
Me puse un periódico en el pecho para protegerme del efecto térmico de la velocidad en bajada y empecé la bajada más larga de mi vida, creo, hasta los 1220 m, casi 900 de desnivel. La carretera, típicamente llena de curvas, estaba mojada como siempre en estas montañas, por el agua con que los camiones refrescan los frenos (o las ruedas, no sé). Este agua formaba barrillo y me pareció peligroso, y como sólo se encontraba en el lado de bajada de la carretera (es decir, todo el centro y la parte derecha), y teniendo en cuenta el muy poco tráfico, decidí bajar por la izquierda. No duré nada: en la siguiente curva un motocarro me dejó sin espacio para girar y casi me desequilibré; el freno trasero me hizo un extraño (segundo en dos días) y decidí que el riesgo era muy alto. O sea que bajé la velocidad y me tragué todo el barrillo.
Llegué abajo a las 1045 y había obras por la construcción de un puente que resultó en pasar de un asfalto bastante decente a unos charcos largos con mucho barro, la bici se pudo realmente perdida en un par de charcos y eso que al ser las ruedas finas (por comparación a un hombre andando) pude pasar más hacia el borde, en zonas más en pendiente y con menos barro. Y tuve suerte que no debí echar pie a tierra, me habría hundido en el agua/barro.
En seguida me encontré una fila de coches y camiones parada y con los motores apagados. Esto es muy inusual en China, y pensé que pasaba algo muy permanente... un desprendimiento. Adelanté a todos con la bici y vi que el desprendimiento era importante y, de hecho, no había parado todavía ya que caían guijarros y también alguna roca. Había policía que dijo a Xiaozhang que en un par de horas se podría pasar. Llevaba 2 horas de pedaleo con solo una breve parada y 18,6 km/h de media, gracias a la gran bajada. Mirando el mapa y preguntando a los camioneros parecía que no había otra posibilidad de esperar ya que el único desvío de esta carretera que me podría haber sido útil se encontraba unos kilómetros más allá del desprendimiento. 

Así que comí algo y, lo más curioso, me encontré con un matrimonio de chinos no tan jóvenes, tal vez 55 años, que viajaban en una moto de gran cilindrada (muy escasas por aquí) con una caja cargada atrás... ¡su perrito! Hablaban un poco de inglés, se notaba que tenían medios económicos para haber tomado este tipo de vacaciones que les estaba llevando a recorrer buena parte de su país. Estaban entusiasmados tomándome fotos, casi parecían más japoneses que chinos.
Una hora y media más tarde pasamos todos y al pasar vi a una excavadora grande que se habían traído probablemente de una obra cercana como el puente anterior. Como ciclista pude adelantar a los lentos camiones pero cuando les llegó el turno y puesto que la carretera en esa zona era de tierra, me llenaron de polvo. Así que me aparté y me esperé. Poco después se montó otro bloqueo, esta vez porque un camión rompió su eje y el siguiente le había intentado adelantar con tan mala suerte que se quedó atrancado contra el lateral en uno de esos enormes charcos. Entre los dos realmente cubrían todo el espacio más o menos llanos, así que me subí la bicicleta al hombro y subí un poco por la ladera para adelantarles y, más tarde, ningún coche ni camión -ni siquiera la moto de la pareja china- me alcanzó en al menos 15 minutos. En los siguientes kilómetros vi tanto restos de otros desprendimientos así como obras de túneles de una nueva carretera... China está en construcción!
Empezó la gran subida y tras los primeros 100 metros (eran las 12:30) Xiaozhang me dijo que le habían dicho que no había más sitios para comer en los próximos 75 km y que se quedaba a comer. No me causó problemas ya que yo no quería comer como ayer, llevaba fruta, chocolate, café y agua y quería tirar para arriba. Pero enseguida empecé a pasar restaurantitos e incluso un pueblo bastante grande con una hilera de ellos, lo que me llevó a pensar que le habían engañado o bien me había engañado.
A mitad de la subida una boda cubría un tramo de la carretera. Unos 10 ó 15 coches estaban parados mientras la gente hablaba con los novios. Alguien me vio acercarme y se montó un buen revuelo: aunque nadie salió a mi paso empezaron a saludarme un montón de entre ellos y yo al pasar grité (que no me entenderían, claro) eso de “congratulations!”

En los tramos en que veía lo que me quedaba por subir (y sabía que había más de lo que veía) daban ganas de pararse a comer, beber, hacer fotos... etc. La música me hacía más amena la subida pero en algún tramo llegué a cantar yo mismo... a voz de grito, sin ritmo y sin testigos, claro, por lo que siempre lo negaré, las canciones de Joaquín Carbonell. Me ayudaba, y mucho, a mantener la moral y el esfuerzo. Porque estaba ya parando muy a menudo en lo que es una señal inequívoca de cansancio. Me alcanzó Xiaozhang y aproveché para comer algo más consistente, aunque hoy bastante limitado a frutas y chocolate. Tuve mi tramo de adoquín y uno de los tramos fue particularmente curioso ya que el adoquín estaba cortado al ras como si fuera azulejo, se avanzaba mucho mejor.





La vista de las terrazas (1813 m, 3h40, 58 km), de las primeras plataneras, y de casi cualquier cosa me servía como excusa para parar y descansar. No me quedaba mucha subida, hasta los 1930, pero después de esto todavía quedaban muchos kilómetros de subidas y bajadas más bien pronunciadas hasta Baoshan. Un poco más adelante vi una caseta junto a unos montones de áridos, pero lo que me llamó la atención es que si bien la caseta era limitada tenía su antena parabólica. Claro: ¿qué otra cosa hacer en este sitio perdido, en los ratos libres, que ver tele?
Otra vista que me llamó la atención era la de un campo de cultivo en colina, con sus líneas de plantas perfectamente trazadas y siguiendo la colina. Un esfuerzo, claro, yo supondría que es todo trabajo manual y sin mecanizar.
Las mujeres de acá asignan gran importancia a su cabello. Un cabello largo (y liso) es muy apreciado y en varias ocasiones las he visto lavándoselo con mucho cuidado en grifos/caños al aire, en aldeas aparentemente sin otra agua corriente que la pública.
En la montaña las pocas superficies llanas que hay se cultivan y por tanto se aprovecha la carretera para poner a secar el cereal o el chile, como muestran las fotos.

A la salida de un pueblo había bastantes penachos de humo que me llamaron la atención. Acercándome vi que era algún tipo de celebración que no parecía una boda sino más bien una fiesta local ya que cada familia o grupito tenía su hoguera, no fui lo suficiente rápido para tomar la mejor foto.
Un poco más arriba llegué a una fábrica de algo que contaminaba mucho, mucho, y que tenía un alto horno. Se veía, como en las películas viejas, la puerta de alimentar el horno abierta y dos obreros echando carbón a paladas.
Siguiendo estas subidas y bajadas llegué a un pueblo, Lao Ying, con la calle/carretera ocupada por el mercado. Me costó pasar incluso en bici, pero ya llevaba casi 80 km y estaba muy cansado, así que ni siquiera hice fotos. Dos kilómetros más tarde la carretera había sido estrechada para permitir el paso de la autopista y se habían formado grandes charcos. Yo pasé los dos primeros pero el coche no, y una moto delante de nosotros pasó a costa de echar pie a tierra el conductor y mojarse bien, mientras que su compañero subía a la protección contra desprendimientos. Este hombre nos dijo que los próximos dos kilómetros eran así.
Ante la coyuntura y teniendo en cuenta que estaba cansado y me sentía satisfecho por el esfuerzo y que quedaban 20 km hasta Baoshan, decidí subir la bicicleta al coche y retroceder a coger la autopista, y llegué tranquilamente sentado en el coche. Eso sí, al preguntar los precios y ver las habitaciones en los hoteles yo tenía unas pintaaaaaaasssssss..... :)
En Baoshan encontré un hotel delicioso, en el centro pero detrás de una calle principal. Lo habían hecho “de diseño” con una ducha casi integrada en la habitación pero con una armonía muy agradable. Y sobre todo fue delicioso por las risas y la comunicación con la gente de recepción y la dueña, que vino a ver al guiri raro.Tras la ducha preguntamos en recepción por un restaurante y nos indicaron, a la vista, una puerta cutre en una valla. Fuimos, yo con muchos recelos, y resultó ser la puerta trasera de un restaurante que daba a la estación de autobuses vecina, era un sitio grande y tenían ingredientes muy variados. De nuevo una gran parte del encanto fue la forma en que se cruzaban miradas con los camareros/as, lo que me decían y que, por supuesto, yo no entendía en general, el trabajo mío y suyo de mirar el diccionario e intentar comprendernos... los contertulios tirando los restos al suelo, el té, el trabajo acelerado de los cocineros -por supuesto, la cocina era parte del espacio útil para los comensales... y además una cena estupenda. Comios tocino/jamón frito con habas, una verdura, gambas al ajillo y dos aperitivos: ajos en vinagre y unos garbanzos pequeñitos tostados, nunca los había visto antes. Bueno, en realidad nunca antes había visto muchas de las cosas que comí.
Tras la cena un paseo nocturno me mostró algo muy agradable: baile en las plazas. En algunas de las plazas de ciudades y pueblos, al caer la noche, ponen música folclórica y la gente, mayores y jóvenes, se lanzan a bailar en grupos o formando círculos concéntricos (si hay suficiente gente). El baile era sencillo: girar hacia el/la de la derecha, paso adelante lateral, paso atrás lateral, girar hacia el/la de la izquierda y lo mismo; avanzar un paso. Me dieron ganas de apuntarme, pero me corté. Esta música y estos bailes los vería después en la montaña más cercana al Tibet.
1 comentario:
That looked like an interesting journey. Too bad it's not in English ;-)
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